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AUTOR DEL MES: MIGUEL DELIBES

19/04/2010 Bibliotecas de Benalmádena
AUTOR DEL MES: MIGUEL DELIBES

Este mes de abril, el autor elegido como lectura recomedada es Miguel Delibes.

FRAGMENTO DEL DISCURSO DE MIGUEL DELIBES AL RECIBIR EL PREMIO CERVANTES (1993)
Hay personas que no comprenden que yo sienta al recibir este Premio Cervantes por "una vida entregada" a la literatura, un poso de melancolía, cuando, bien mirado, no creo que pueda ser de otra manera.Entregada a la literatura o no, la vida que se me dio es una vida "ya" vivida y, en consecuencia, el premio, con un reconocimiento a la labor desarrollada, envuelve un agradecimiento por los servicios prestados que no es otra cosa que una honorable jubilación. Cuando Cecilio Rubes, hombre de negocios y protagonista de mi novela Mi idolatrado hijo Sisí habla en una ocasión de la edad de su contable dice: "Si yo tuviera setenta aZos me moriría del susto". Y he aquí que esta frase que escribí cuando yo contaba treinta y dos y veía ante mí una vida inacabable, se ha hecho realidad de pronto y hoy debo reconocer que ya tengo la misma edad que el contable de Cecilio Rubes. ¿Cómo ha sido esto posible? Sencillamente porque si la vida siempre es breve, tratándose de un narrador, es decir de un creador de otras vidas, se abrevia todavía más, ya que éste antes que su personal aventura, se enajena para vivir las de sus personajes.
Encarnado en unos entes ficticios, con fugaces descensos de las nubes, transcurre la existencia del narrador inventándose otros "yos", de forma que cuando medita o escribe, está abstraído, desconectado de la realidad. Y no sólo cuando medita o escribe. Cuando pasea, cuando conversa, incluso cuando duerme, el novelista no se piensa ni se sueZa a sí mismo; está desdoblado "en otros seres" actuando por ellos. (...)
Pero esos otros seres que el creador crea son seres inexistentes, de pura invención, mas el escritor se esfuerza por hacerlos parecer reales.
De ahí que mientras dura el proceso de gestación y redacción de una novela, el narrador procura identificarse con ellos, no abandonarlos un solo instante. El problema del creador en ese momento es hacerlos pasar por vivos a los ojos del lector y de ahí su desazón por identificarse con ellos. En una palabra, el desdoblamiento del narrador le conduce a asumir unas vidas distintas a la suya pero lo hace con tanta unción, que su verdadera existencia se diluye y deja en cierta medida de tener sentido para él.
La imaginación del novelista debe ser tan dúctil como para poder intuir lo que hubiera sido su vida de haber encaminado sus pasos por senderos que en la realidad desdeZó. En cada novela asume papeles diferentes para terminar convirtiéndose en un visionario esquizofrénico.
Paso a paso, el novelista va dejando de ser él mismo para irse transformando en otros personajes. Y cuando éstos han adquirido ya relieve y fuerza para vivir por su cuenta, otros entes, llamados a ocupar su
puesto en diferentes obras, bullen y alimentan en su interior reclamando protagonismo.
Éste ha sido, al menos, mi caso en tanto que narrador. Pasé la vida disfrazándome de otros, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía
aquélla más rica y variada. Disfrazarse era el juego mágico del hombre, que se entregaba fruitivamente a la creación sin advertir cuanto de su propia sustancia se le iba en cada desdoblamiento (...).
Pero este derroche de la propia vida en función de otros, no tenía una compensación en tiempo. Es decir, cuando yo "vivía por otro". Cuando vivía una vida "ajena a la mía", no se me paraba el reloj. El tiempo seguía fluyendo inexorablemente sin yo percatarme. Sentía, sí, el gozo y el dolor de la creación pero era insensible al paso del tiempo. Veía crecer a mi alrededor seres como el Mochuelo, Lorenzo el cazador, el viejo Eloy, El Nini, el seZor Cayo, el Azarías, Pacífico Pérez, Gervasio García de la Lastra, seres que "eran yo" en diferentes coyunturas. Nada tan absorbente como la gestación de estos personajes. Ellos iban redondeando sus vidas costa de la mía. Ellos eran los que evolucionaban y, sin embargo, el que cumplía aZos era yo. Hasta que un buen día al levantar los ojos de las cuartillas y mirarme al espejo me di cuenta de que era un viejo. En buena parte, ellos me habían vivido la vida, me la habían sorbido poco a poco. Mis propios personajes me habían disecado, no quedaba de mí más que una mente enajenada y una apariencia de vida.
Mi entidad real se había transmutado en otros, yo había vivido ensimismado, mi auténtica vida se había visto recortada por una vida de ficción. Y cuando quise darme cuenta de este despojo y recuperar lo que
era mío, mi espalda se había encorvado ya y el ácido úrico se había instalado en mis articulaciones (...)
Y si las cosas son así, ¿cómo mostrarme insensible al obtener este Premio Cervantes merced a la benevolencia de un jurado de hombres ilustres? ¿Cómo no sentir en este momento un poso de melancolía? Los amigos me dicen con la mejor voluntad: que conserve usted la cabeza muchos años. ¿Qué cabeza? ¿La mía, la del viejo Eloy, la del señor Cayo, la de Pacífico Pérez, la de Menchu Sotillo? ¿Qué cabeza es la que debo conservar? En cualquier caso en el mundo de la literatura todo es relativo. Hay obras de viejos verdaderamente "admirables" y otras que "no" debieron escribirse nunca. Entonces antes que a conservar la cabeza muchos años a lo que debo aspirar ahora es a conservar la cabeza suficiente para darme cuenta de que estoy perdiendo la cabeza. Y en ese mismo instante frenar, detenerme al borde del abismo y no escribir una letra más.
El arco que se abrió para mí en 1948 al obtener el Premio Nadal, se cierra ahora, en 1994, al recibir de manos de Su Majestad —a quien agradezco profundamente esta deferencia— el Premio Cervantes. En
medio quedan unos centenares de seres que yo alenté con interesado desprendimiento. Yo no he sido tanto yo como los personajes que representé en este carnaval literario. Ellos son, pues, en buena parte, mi
biografía.

En la biblioteca encontrarás la obra de Mieguel Delibes, puedes llevarlas en préstamo.